El primer martes de mayo se celebra el Día Mundial del Asma con
un objetivo muy claro: mejorar el conocimiento de esta
enfermedad y recabar la atención de la sociedad en general.
Así, el próximo 7 de mayo, con toda probabilidad, los medios de comunicación,
ajenos habitualmente a esta problemática, se harán eco de las consecuencias que
acarrea padecer esta dolencia crónica.
Aunque el asma no es una enfermedad exclusiva de
los niños, el impacto que tiene en la infancia es muy superior al que sufren
los adultos. De hecho, el estudio ISAAC (International Study of Astma and Allergy in Childhood), ha manifestado cómo la incidencia del asma en la infancia ha aumentado en los últimos
años, empeorando tanto en la frecuencia como en la intensidad en los niños de 6
a 7 años de edad. Se
estima que el porcentaje de niños con asma se sitúa en un 10%, constituyendo
así la primera enfermedad crónica en la infancia. Y aunque su origen es
genético, el asma aumenta en la población infantil de forma alarmante a escala
mundial.
Diferentes investigaciones relacionan de forma
claramente negativa, diferentes elementos ambientales (humedad, humo del
tabaco, moho) con la salud respiratoria infantil, provocando el aumento o
exacerbación del asma y de las infecciones respiratorias. Es decir, que a pesar
de su componente genético, nuestros hábitos y costumbres pesan en el despertar
de esta enfermedad. Probablemente hay tantos asmáticos potenciales hoy como
había hace 20 años, sin embargo, los niños asmáticos van aumentando a un ritmo
tal que las investigaciones están poniendo especial atención en los
desencadenantes externos que propician su aparición. Si a esta reflexión
añadimos el hecho de que los niños y niñas pasan el 80% de su tiempo respirando
aire en el interior, lo que hacemos o dejamos de hacer, quienes conformamos su
entorno, resulta de vital importancia para su salud y en especial para la salud
respiratoria.
Así que el Día Mundial del Asma es
una buena oportunidad para recordar y recordarnos que los niños no son adultos pequeños. Necesitan que los entornos en los que su vida se desarrolla, sean
saludables y seguros. Y en esa tarea todos tenemos una responsabilidad:
individuos y administraciones públicas.





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